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Sus finos dedos sostenían el bolígrafo con el que apuntaba con un ritmo acompasado las sensaciones de su paciente. Parecía que para ella el tiempo no había pasado. Eli conservaba su belleza natural, una piel tersa y suave, una figura alta y esbelta, un pelo largo y sedoso casi siempre recojido con pinzas o pasadores – tenía la manía de tocarse el pelo mientras trabajaba y por eso decidió llevarlo siempre así- y sobretodo un positivismo perpetuo que la hacían irresistible. Y eso que ya habían pasado veinte años desde que nos conocimos en aquella ONG, ella necesitaba un tiempo para reflexionar después de su última ruptura y yo buscaba una emoción extra en mi vida y hacer algo diferente que me sacase de la rutina. La atracción fue mutúa y enseguida nos hicimos inseparables en la misión, y luego también en la vida.

Decidí interrumpirla – Eli – Le dije en voz baja para no sobresaltarla – esta tarde voy a acompañar a Miguel a comprar ropa al centro de la ciudad – continué. –¿A comprar ropa al centro? mmmh, está bien, pero tienes que llevar a los niños con tus padres, yo tengo consulta hasta tarde y ellos no se opueden quedar solos– Me dijo sin levantar los ojos de su libreta. – Sí, ya lo se, volveré lo antes posible, espero que Miguel se decida deprisa– Le contesté cerrando la puerta de la habitacíon lentamente para no hacer ruido.

Bajé al obrador rapidamente para acabar de lavar los moldes que había utilizado por la mañana, era una tarea agotadora pero sabía que si quería realizar un trabajo que me aportase algo más que un sueldo a final de mes me debía sacrificar y por ahora no me podía permitir ni por asomo contratar a nadie para realizar ninguna labor por más dura que fuese para mi.

Realicé el lavado más rápido que nunca, no sabía porqué pero algo me decía que el encuentro con Miguel no iba a ser un simple “ir de compras”. Me lavé las manos, me quité el delantal y subí de dos en dos las escaleras que llevaban hasta la entrada de la casa. Desde allí se oían revolotear los niños arriba, seguramente se debían estar peleando por cualquier cosa sin importancia. – ¡Víctor, David, bajad que nos vamos a casa de los abuelos! les grité asomándome a las escaleras,aunque sabía del cierto que tendría que subir a buscarlos, no tenían remedio, cuando estaban juntos se podían tirar horas jugando o como dije peleándose. !Víctor, David bajad ya! Nada.

Con decisión subo al piso de arriba y me los encuentro jugando animadamente con sus gran pirámide de bloques de madera –el mejor regalo que nos han hecho en la vida, la gente cree que los niños necesitan complejos juguetes para divertirse y no saben que debemos dejar que sean ellos los que construyan – pienso.

David, Víctor, va, que nos vamos a casa de los abuelos- les digo sin perder un momento. –Yujuuuu- contestan al unísono. Les encantan los cambios de planes y recogen sus juguetes con gran rapidez. En menos de dos minutos ya estamos en el coche a punto de marcha. El coche desciende la sinuosa senda que nos lleva a una carretera secundaria en al que rara vez vemos pasar nadie. Nos encantaba vivir en un sitio así de tranquilo.

¿Papá y por qué vamos hoy a casa de los abuelos?- me pregunta Víctor. – Mi amigo Miguel me a propuesto que le acompañe a comprar al centro de la ciudad- Le digo. –Buf, qué rollo, nosotros preferimos ir a casa de los abuelos, ellos siempre nos preparan para merendar lo que más nos gusta- Me contesta. Mientras David, el más pequeño de los dos ya duerme plácidamente, no hay nada como el coche para hacer dormir a un niño.

Mis padres viven también en un pequeño pueblo a diez kilómetros de nuestra casa, no tardamos en llegar. Víctor baja nerviosamente del coche y se abraza a su abuela. David sigue durmiendo y lo dejo suavemente tendido en el sofá. Les doy un beso en la mejilla a cada uno y me dispongo subir al coche cuando mi madre me dice – No hagas tonteríasMamá tengo 40 años, aún crees que…., en fin… sí mamá no te preocupes- Le digo resignado, sabiendo que las madres por más mayores que se hagan sus hijos siempre tienen el instinto preparado.

Aparca ya– me dice Miguel con tono autoritario. –Seguro que ya no encuentro tallas- sigue con voz desesperada. -Ya voy, ya voy…te tienes que controlar en época de rebajas, debes saber que tienes que comprar solamente si es necesario, no gastar por gastar Miguel- le contesto.

No abrimos paso como podemos entre la muchedumbre que abarrota Raza, la ansiedad por conseguir el precio más bajo es latente en el gran local. Los codazos y los empujones están a la orden del día y nos cuesta más de diez minutos encontrar los pantalones que Miguel estaba buscando, los de la línea “Éticus”. Miguel los despliega y mostrándome una gran etiqueta exterior dónde aparecen unos símbolos creados por la propia marca, me dice- ves, aquí tienes la prueba de que Raza está dando un paso hacia la sostenibilidad y el comercio justo, mira estos símbolos, así lo atestiguan- 

Me acerco la etiqueta a la cara y le digo –pero si estos símbolos los ha creado la propia marca, ¿tú te lo crees?

Déjalo!, ya hablaremos, ahora me los quiero probar– me manda Miguel mientras se pone a hacer la cola de los probadores.

Después de treinta interminables minutos y de que Miguel tuviese una pequeña trifulca con dos jovencitas que se intentaron colar, llega nuestro turno. Miguel siempre quería que le acompañasen a los probadores, según él tenía miedo a estar solo en un sitio cerrado, incluso había llegado a tratarse con Eli, pero por lo que parece no había llegado nunca a acabar la terapia. Era una situación incómoda para mi pero que con el tiempo ya había llegado a aceptar.

uffff, no puedo abrchármelos, pero si es la talla 42, ¡es mi talla!– soltó Miguel mientras intentaba meter barriga para abrocharse los pantalones.

Vaya, déjame ver la talla, a ver si has cogido una 40– le dije mientras intentaba doblarle la cintura de los pantalones para sacar la etiqueta interior.

-Bueno, ¿qué?, ¿que talla es finalmente?- dijo Miguel con voz cansada. Al no oir mi respuesta se giró y miro mi cara fijamente.

-Mi…mi…mira esta etiqueta- le dije con voz temblorosa mientras le enseñaba la etiqueta que se había desprendido del pantalón. Mi cara se había quedado blanca y entre el calor de los probadores y los nervios de la situación, empecé a tener palpitaciones y casi me desmayo. Lo que ponía en la etiqueta era que…

Continuará…

Lee aquí la primera parte.

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Posted by:biobuu.com

One thought on “Mensaje en una etiqueta. Un descubrimiento sorprendente. Cap.2

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